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¿Dónde está el piloto?

Viajar en avión siempre será, para mí, una experiencia límite, llena de adrenalina, emoción y vértigo absoluto, una vez que la máquina comienza a acelerar en el proceso de despegue, mi sangre comienza a bullir como caldero y entonces entiendo que no hay marcha atrás, la suerte está echada y en ese momento me entrego de lleno al destino y por supuesto a la pericia del capitán de la nave, es una suerte de carta de garantía absoluta que le ofrezco a ese individuo que ha dedicado su vida a transportar por el aire a cientos de seres humanos que buscan con anhelo llegar, sin novedad, a su siguiente horizonte.

Tener el destino de la tripulación y de los pasajeros en tus manos no debe ser para nada fácil y por supuesto que a fin de haber logrado llegar a pilotar un avión, el capitán ha tenido que pasar por los diferentes filtros que presenta su profesión, desde los exámenes básicos para saber que todos sus sentidos funcionan a la perfección, pasando por los psicológicos y físicos; así como -luego- seguir siendo evaluado y cumplir una cantidad importante de horas de vuelo que luego repercuten en su contratación en tan digno y respetado oficio, este ser humano, al que llamamos capitán, luego de pasar por rigurosos y complejos exámenes ligados a su profesión, puede darse el gran lujo de llevar el peso de cientos de vidas (y todas sus historias) en sus hombros.

Por eso me subo a un avión, porque sé que existe toda una maquinaria que hace viable mi viaje y mi seguridad a la hora de trasportarme físicamente de un lugar a otro.

Lo mismo ocurre para cualquier otro oficio, existen filtros básicos que sortear para poder desempeñarlos, entonces: ¿qué pasa en nuestra política? ¿Por qué no existe ningún tipo de examen ni destilador que nos proteja de un viaje fatídico y destino incierto? ¿Por qué permitimos que la responsabilidad de la conducción de nuestro estado caiga en manos de gente que no está preparada académicamente para tomar decisiones de orden estadístico?

Creo que es tiempo de generar un anteproyecto de ley que nos proteja de nosotros mismos, y que busque educar la excelencia académica e intelectual a la hora de plantear las ternas políticas a elegir; para que no caigamos, nunca más, en manos de la demagogia, la improvisación y el populismo, porque nos estamos jugando, no sólo nuestra suerte; sino, el destino de las próximas generaciones.

Aún hay tiempo.

Mauricio Martínez Muñiz

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